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Radicales

El fin de semana pasado fui a cenar con un amigo mío que conozco desde hace mucho tiempo y quien ha prosperado mucho en la vida, ya que es dueño de varios hoteles de lujo en Cancún, por lo que a lo largo de los años ha conocido  a muchas personas influyentes, quienes les han sido muy útiles en muchas ocasiones.

Esa noche fuimos a cenar a un muy buen restaurante que nos gusta mucho, además de ir a aquel lugar para celebrar el hecho de que mi amigo cenaría con nosotros, alguien a quien no había visto en mucho tiempo.

Se trataba de un billonario iraquí, quien alguna vez ofreció al gobierno sirio el comprar la mitad de su país y digo la mitad, porque sabía que no le venderían todo, oferta que por supuesto fue declinada.

Su riqueza brutal surgió gracias al ya extinto Saddam Hussein, quien aparentemente le dio millones de dólares extraídos de los pozos petroleros de Kuwait en la invasión de 1990, antes de la Operación Tormenta del Desierto.

Al ser expulsados de Kuwait, aparentemente este señor retiró miles de millones de dólares en crudo trasportados a Irán (quien se lo compro) en un buque norcoreano, que naturalmente se llevó una gran comisión.

Aquella amistad de mi amigo llegó tarde al restaurante, quejándose por el tremendo tráfico de la Ciudad de México, que decía parecer una Bagdad gigantesca, pero con el mismo desorden.

635507006007551364wEn lo personal debo decir que la mayoría de las personas que he conocido durante toda mi existencia me han caído bien; sin embargo, debo aceptar que este señor no me cayó del todo bien desde el momento que lo vi entrando con dos de sus guardaespaldas, quienes se quedaron parados al lado de la mesa cuidando a su patrón, además de criticar a mi país en mi cara.

Al sentarse nos pidió por favor que no bebiéramos alcohol, ya que eso era un insulto para con su religión, que prohibía el consumo de alcohol, a lo que contesté (muy al pesar de mi amigo), que yo tomaría, ya que tenía ganas de tomar.

Como esperé, no tomó este gesto mío de ninguna manera grata; sin embargo, no hizo nada al respecto y me dio una sonrisa falsa, digna de una cobra actuando de santa.

El hombre venía vestido con una túnica blanca y un turbante, poco característico de su región y muy característico de Arabia Saudita, lo que me pareció algo un poco extraño.

Al comenzar a cenar, inmediatamente se quejó del trauma que tenían los europeos con los atentados de París y Niza, glorificando el sacrificio de los radicales que murieron por Mohamed.

Después comenzó a glorificar al sultán Saladino, quien unió al mundo árabe el año 1174, para pelear con los cruzados europeos y recapturó el reino de Jerusalén del rey Guy de Lusignan.

En ese momento entendí que la guerra absoluta con los radicales islámicos es inevitable, por lo que simplemente me levanté de la mesa y me fui.