Decisiones claves

Hace unos días estaba viendo un manual acerca del tratamiento del pie diabético. En la biblioteca donde hacía mi consulta, encontré un interesante manual acerca de la curación de heridas a lo largo de la historia y me llamaron la atención, sobre todo, los métodos de curación que utilizaba el ejercito rojo en los años de la Segunda Guerra Mundial, durante los turbulentos tiempos de la invasión alemana a la U.R.S.S., una operación que estaba hundida desde el principio, aunque parecía totalmente lo contrario al momento de hacer planes y durante los primeros meses de la invasión.

La planeación inicial de la Operación Barbarossa era buena y adecuada; sin embargo, la estrategia inicial se descompuso tremendamente tras el paso de los meses y al estar los alemanes inmersos en territorio soviético, donde poco a poco fue evidente que habían caído en un pantano del cual no podrían salir nunca con vida.

El primer día del combate, el 75% de la Fuerza Aérea Soviética fue abatida sin ni siquiera poder despegar, una catástrofe por la cual el comandante soviético de la fuerza aérea tuvo que cometer suicidio, una tradición que existía en el ejercito soviético, que dictaminaba el suicidio después de una catástrofe, para evitar el tremendo deshonor de dar la noticia cara a cara al Comandante Supremo Joseph Stalin.

A su vez, tan solo tres días después de comenzar la ofensiva alemana en el este, un ejercito soviético de 300 mil efectivos fue rodeado y tomado prisionero, abriendo el camino a los NAZIS hacia Moscú, por lo que las ciudades de Smolensk y Studienka cayeron tras una heroica resistencia por un pequeño puño de soldados, quienes pudieron milagrosamente escapar el encarcelamiento inicial.

No obstante, los soviéticos, aunque sufrían enormes pérdidas en el frente, hacían muy habilidosamente una combinación de retirada y ataque perfecto, que hacía que los alemanes también perdieran muchos soldados en cada enfrentamiento, además de hacerse una reputación feroz, hacer pensar a los alemanes que no tomaban prisioneros, sino que los asesinaban.

Esto nunca fue verdad, ya que los pocos prisioneros que podían tomar en el inicio del conflicto eran invaluables, debido a la información que podían extraer de ellos, ya que el servicio de inteligencia soviético no podía decodificar los mensajes alemanes, aunque los británicos le enviaban la información correcta; sin embargo, los rusos no confiaban enteramente en sus aliados occidentales, además de que Stalin sabía muy bien que Churchill le detestaba y tenía una opinión muy baja sobre él y sobre el ejército ruso, algo que cambió conforme se desenvolvía la guerra y a medida que los soviéticos combatían con una garra nunca antes vista en la historia de la humanidad.

De hecho, Stalin probó ser un hombre muy sabio y un buen estratega, quien entendía la situación en el frente mejor que la mayoría de sus generales, excepto por el general Chuicov, quien agarró a los alemanes de los talones en Stalingrad y les cortó el cuello en Berlín.

La astucia de Stalin se probó desde antes que explotara el conflicto entre rusos y alemanes, al trasladar todas sus fábricas hacia el este, pasando los montes Urales cerca de las planicies de Siberia, de este modo imposibilitando que los alemanes las capturaran, lo que hubiera sucedido de no haberlas cambiado.

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